
La Ciudad de Trujillo, en la provincia de Cáceres (Extremadura), es históricamente reconocida como un museo al aire libre: una ciudad que fue una fortificación romana (Turgalium), posteriormente importante asentamiento árabe (Taryala) y finalmente una de las ciudades medievales con mayor importancia histórica con su contribución a la conquista americana (Truxillo).
Su alcazaba, sus murallas, aljibes, alberca, palacios medievales, y un sinnúmero de edificaciones, nos hablan hoy de su excelencia pasada.
Pero Trujillo no basa su riqueza única y exclusivamente en su casco monumental. No tenemos más que pasearnos por sus alrededores para sorprendernos con una riqueza rural difícilmente comparable.
Su entorno privilegiado de Dehesa y Berrocal nos ofrece una perspectiva diferente de lo que un día fue la comarca de Trujillo. Su arquitectura vernácula nos hace imaginar la población, su medio de vida, su organización agraria, su arquitectura, y hasta su división social en clases bien diferenciadas.
Palacios que estaban al cargo de inmensas fincas, situadas a la vera de los ríos Almonte, Magasca, Tozo etc. Ríos que albergaban una verdadera actividad agraria alrededor, con sus molinos de agua, de viento, lavaderos públicos, fábricas de teja, zahúrdas de cochinos, hornos de leña, chozos de pastores etc.
Es esta riqueza paisajística, medioambiental e histórica lo que nos lleva, a buscar una figura que nos permita proteger de forma coherente este espacio de nuestro entoro más cercano, para preservarlo para futuras generaciones.



