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Trujillo. De villa medieval a ciudad del Renacimiento

Trujillo. De villa medieval a ciudad del Renacimiento 

    La ciudad de Trujillo se halla enclavada a 564 metros de altura sobre el nivel del mar, entre la planicie y los derrames de un batolito granítico de dos leguas de extensión perteneciente a la era terciaria, y en medio de la penillanura trujillano- cacereña a 39º 28’ 30’’ de latitud norte y 2º 11’ de longitud este del meridiano de la isla de hierro. 

    Situada a 46 Km. de la capital cacereña, son sus fronteras naturales las dos cuencas fluviales principales de la Península: la de los ríos Tajo (a 43 Km.) y Guadiana (a 90 Km.). 

    Rodeada de más de doscientas dehesas que conforman el segundo más extenso término municipal de la provincia de Cáceres, regado por el río Almonte y sus afluentes Magasca, Tozo, Merlinejo, Tamuja y Gibranzos, Trujillo tiene una población de diez mil habitantes, repartida entre el paisaje urbano de su cerca medieval, sus ensanches renacentistas, los crecimientos recientes, y entre los cuatro arrabales dependientes de su jurisdicción municipal: Huertas de Ánimas, Huertas de la Magdalena, Belén y el Pago de San Clemente, éste último utilizado repetidamente por la burguesía trujillana, desde el siglo XIX, como lugar de recreo y esparcimiento, dada sus excelentes condiciones climáticas; circunstancias que favorecieron la construcción de un interesante conjunto de villas suburbanas eclécticas e historicistas. 

    El origen de la ocupación de la villa desde, que sepamos, el Neolítico fue debido a las inmejorables condiciones estratégicas de que ésta gozó, así como a la riqueza de las fértiles y cercanas vegas de Valfermoso y Mimbreras.

    Pinturas y grabados esquemáticos —como los del Pradillo—, dólmenes e hitos sagrados protohistóricos, así como restos epigráficos de época fenicia, celtíbera y, por supuesto, romana son testimonio de este primitivo enclave geográfico, llamado con los siglos a ocupar un lugar principal en el discurso político, cultural, artístico y militar de la España de los Austrias. 

    Llamada Turgalium por los romanos, que la citan, ya desde el siglo III, en el Itinerario de Antonino Pío y en el Anónimo de Rávena del siglo VII como mansión intermedia entre Lomunda y Rodacis, a caballo entre Emerita Augusta y Augustobriga, conserva de aquel tiempo a penas los restos de dos estructuras de compleja catalogación: un conjunto de sillares graníticos de gran tamaño sobre los que se eleva el Alcázar califal, hoy llamado castillo: piezas de un primitivo castellum o castrum; y un depósito de aguas, la Alberca, reformado durante la dominación hispano-musulmana, en el que son evidentes los réditos romanos de un paño de sillares trabajados con la anatirosis y las características gafas de aquel tiempo. 

    La época paleocristiana y visigoda, a falta de los preceptivos estudios sistemáticos de las escasas fuentes documentales conservadas y de una exégesis arqueológica, sin duda necesaria, constituye el período de tiempo más ignoto de la historia trujillana, si bien se conserva de aquel tiempo una de esas iglesias llamadas «propias» o pequeñas basílica en los alrededores de la llamada Puerta de Coria, obra del siglo VII. 

    Pero será bajo la dominación hispano-musulmana cuando Turyiluh, aquella que el geógrafo oriental Al-Istajrī incluyera como medina en su Libro de los Caminos y reinos, ya en la décima centuria, se erija en un importante centro urbano y militar de la Marca Media de al-Andalus. Será entonces cuando se levanten los muros de su Alcázar o castillo, una fortaleza del periodo califal inspirada en modelos sirios-omeyas, como la cercana de la ciudad de Mérida, según la métrica del codo rassasi (58.959 cm.), a partir de la que se diseñan las proporciones de sus torres cuadrangulares y la puerta de acceso. 

    Los primeros intentos de Reconquista de la entonces villa de Trugellum tienen lugar el año 1165 en que el “Cid portugués” Geraldo Sempavor la recupera del dominio agareno por mandato de su rey Alfonso Enriques I, quien rompe así con los acuerdos del tratado de Celorico, según los cuales las tierras de Trujillo, entre otras, correspondían en derecho a la corona de León. Tres años más tarde, Geraldo cae prisionero en manos de la coalición formada por los almohades y el antiguo Mayordomo de Fernando II de León, Fernando Rodríguez de Castro, viéndose obligado a pagar como rescate los dominios conquistados. Trujillo pasa así a manos de Rodríguez de Castro, a quien las fuentes mencionan como Señor de Trujillo, que la mantendrá como taifa cristiana, aunque atenta hacia los ritos y costumbres musulmanes, hasta el año 1196, en que será recuperada de nuevo por el emir almohade Jacub, tras la batalla de Alarcos. 

    En este contexto de razzias, celadas y merodeos se configura la estructura urbana de la ciudad, su cerca amurallada y el conjunto de alcázares militares y residenciales que se hallan diseminados en torno al barrio de la Alcazaba: así los llamados de Altamiranos y Bejaranos. 

    El 25 de enero de 1231-2, el rey Fernando III “el Santo”, con la participación de las órdenes militares y del obispo de Plasencia don Domingo, recupera definitivamente la villa, al parecer ayudado, según una tradición secular que recuerda la más antigua devoción trujillana, de la Virgen de la Asunción; tiempo después encumbrada, cual icono heráldico y arquitectónico, a su «histórica y regia morada» del castillo. 

    Desde entonces, y hasta bien entrado el siglo XIV, el desarrollo arquitectónico se concentra en torno a la Alcazaba y su cerca, cerrada, entre otras, por las puertas de Santiago, Fernán Ruiz, Vera Cruz o de Coria, donde surgen las primeras fábricas religiosas como Santa María, Santiago o La Vera Cruz, cercanas al estilo y la práctica tardorrománicas. 

    En los años finales del siglo XIV, se inicia una nueva expansión urbana, al margen ya de las cadenas de la cerca amurallada, que tomará como referentes gravitatorios el viejo mercado de ganados, desde ahora plaza del Arrabal, donde se construye la parroquia de San Martín, y el barrio o colación de San Clemente, adonde hoy se halla el Parador Nacional de Turismo. La concesión del título de ciudad el año 1430 por el rey Juan II, unida a la aprobación de un mercado franco en 1465 por Enrique IV fueron resortes suficientes para que, entrados ya en el reinado de los RR.CC., Truxillo caminara al encuentro con la modernidad. Superado el conflicto sucesorio entre Doña Juana e Isabel, el Concejo trujillano financia a instancias de la corona la fundación de conventos, como los dominicos de San Miguel y de La Encarnación; obras públicas, como las Carnicerías, la Alhóndiga, el Ayuntamiento, la Casa de Pesos y Medidas o el Archivo de Escribanos; y también el Rollo-Picota, entonces situado en el extremo occidental de la plaza. 

    Durante la siguiente centuria, en que despiertan ya las humanidades en España, Trujillo se convierte en una de las principales ciudades del occidente peninsular gracias a su aportación a la Conquista, Colonización y Evangelización del Nuevo Mundo. Francisco de Orellana, descubridor del río Amazonas, Francisco de las Casas, lugarteniente de Cortés en la campaña de Méjico, los hermanos Pizarro, conquistadores del imperio Inca o el primer Arzobispo de Lima Jerónimo de Loaisa, entre otros ilustres prohombres descendientes de la vieja nobleza extremeña, recogen el testigo de aquellos militares trujillanos que años atrás habían participado en la toma de Granada y la lucha contra los franceses por el dominio de Italia junto al Gran Capitán: así el capitán Gonzalo Pizarro o el “Sansón Extremeño” Diego García de Paredes, a quien Cervantes dedicase el capítulo treinta y dos del libro II de El Quijote. 

    En torno a la segunda mitad del siglo XVI, a la vuelta de la epopeya americana, aquellos aventureros intentan publicitarse y dejar constancia de la antigüedad de sus linajes promoviendo la construcción de fastuosas viviendas, cual impronta sempiterna de sus hazañas, en torno a la plaza del Arrabal, que conformarán la fisonomía de la ciudad y se mantendrán sin alteraciones sustanciales hasta bien entrado el siglo XX. 

    Poco a poco, Trujillo se libera de las barreras que le habían mantenido oculto tras los muros de la Alcazaba. Los alcázares, balcones dionisiacos, torres, aspilleras y matacanes de la villa medieval dan paco a una ciudad renacentista abierta a la naturaleza y participativa de los usos, fiestas y costumbres que acontecían en la plaza, tales como la venta de mercancías; los juegos de calba, corridas y rejones; o las fiestas del Corpus. 


Francisco Sanz Fernández 
Doctor en Historia del Arte